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El sol caía a plomo sobre las ruinas de lo que alguna vez fue un barrio bullicioso. Karim caminaba entre los escombros, sujetando con fuerza la mano de su hermana pequeña, Lina. Sus ojos reflejaban cansancio, miedo y algo que aún no podía nombrar: la injusticia que los había arrancado de su hogar.
—Karim… ¿vamos a volver a casa? —preguntó Lina, con la voz temblorosa.
—No, pequeña… nuestra casa ya no existe —respondió él, tratando de que su voz sonara firme—. Pero encontraremos un lugar seguro, lo prometo.
Pasaron días caminando por caminos llenos de barro, con maletas improvisadas y miradas desconfiadas que los observaban desde lejos. Cada paso era un recordatorio de que habían sido expulsados de su tierra por algo que no entendían del todo.
Una tarde, llegaron a un campamento de refugiados. Allí, un voluntario los recibió:
—Hola, chicos. ¿Necesitáis agua, comida, un lugar donde dormir? —preguntó con amabilidad.
—Sí, por favor… —dijo Karim, agotado—. Venimos de Palestina… nuestra ciudad fue destruida.
El voluntario frunció el ceño y bajó la voz:
—Lo siento… sé que esto es injusto. No deberían haberse visto obligados a huir. Nadie debería sufrir así…
Lina se abrazó a Karim y susurró:
—¿Por qué el mundo deja que esto pase?
Karim no supo qué responder. Sólo podía mirar al horizonte, donde el humo se mezclaba con el cielo, y sentir que la injusticia no siempre tiene nombre, pero siempre deja cicatrices.
—Algún día… algún día será diferente —murmuró finalmente, mientras apretaba la mano de su hermana—. Algún día.